viernes, mayo 18, 2007

Elecciones en la Piel de Toro. Día 8

Impresiones

Resulta que preguntar "Si en algún momento ha mantenido alguna relación con algunas de las personas imputadas en la operación Malaya acerca de actuaciones urbanísticas en la ciudad de Madrid", es un escándalo mayúsculo.

En una Comunidad en la que hubo que repetir elecciones por el ladrillazo, es un escándalo preguntar por las relaciones del Alcalde con Montserrat Corulla, en libertad bajo fianza (o "confianza") de 50.000 € acusada de actuar como testaferro de Roca. Porque relaciones hubo y habrá que saber de qué tipo.

Sobre todo si resulta que esta buena mujer se agenció para la causa dos palacetes y el frontón Jai-Alai del centro de Madrid (edificio histórico), y en las conversaciones interceptadas por la policía señala algo parecido a que sólo falta un empujoncito de Alberto... ¿Es tan descabellado pensar en tratos de favor?

Alguno diría tras esto que donde tengas la olla...

De todas formas, Sebastián sigue demostrando que no es un buen candidato, al mismo tiempo que Pérez se crece en los debates. Y a la guitarra. En IU somos plurales y diversos hasta en los gustos musicales.

Ayer, debatieron en TVE los candidatos a la Presidencia de la Comunidad de Madrid. La frivolidad de Aguirre me fascina. Ella arregla que Madrid sea la CCAA en la que los jóvenes tarden más en emanciparse con un gráfico comparativo con Extremadura o Castilla-La Mancha. Im-prezionante. No con Amsterdam o Londres, no, que allí no gobierna el PSOE.


Sucedidos

Como comprenderán, después del rifirafe Sebastián-Gallardón y las 40000 blowjobs de la candidata belga, ¿qué puedo contarles que sea más gracioso?


Amiguetes

De Gemma ya he hablado aquí antes. Es la candidata de IU en Ciempozuelos y ha trabajado como nadie en un entorno hostil en el que el nombre de su pueblo era noticia cada día por casos de corrupción. Encabeza una candidatura de lujo, con ganas y con las manos limpias. Suerte, amiga.

2 comentarios:

Javier Castuera dijo...

Por muy edificante que sea desde el punto de vista moral, el denodado afán de la incapacidad física para superarse mediante exhibiciones de su impotencia, solo puede ser reconocido por la sociedad con premios de consolación. Denunciar la tristeza de este espectáculo sería tomado por impiedad, cuando no por injusticia, pues los “discapaces” tienen, como los atletas, el derecho de exhibir olímpicamente el grado de sus limitaciones.
Como todas las personas están igualmente contentas de su inteligencia (Descartes y Hobbes lo dijeron respecto del sentido común), no ha sido difícil de organizar y de mantener, para la competición política, una verdadera para-olimpiada de discapaces, en condiciones de absoluta igualdad mental, donde disminuidos votantes de listas creen que eligen algo más que al disminuido jefe de partido que las hace.
De esta forma tan quimérica como alienante, los pseudos-ciudadanos se consideran representados, con más adecuación de lo que ellos mismos suponen, por la incapacidad cultural de los directores del Estado de Partidos. Dotados ellos, nadie se lo puede negar, de un gran talento para explotar el negocio de la política como medio de vida profesional. Y la sociedad civil se contenta con vivir las ilusiones de progreso material, recibiendo las grandes migajas que se desprenden del fabuloso festín del Estado de las Autonomías. La utopía del auto-gobierno se puede alcanzar si, y solo si, la debilidad mental se gobierna a sí misma. Esa es la clase de democracia directa que realiza el Estado de Partidos.
La Gran Revolución de 1789, pese a su fracaso final, rompió la concepción de la historia universal de la humanidad y la mentalidad política de todo el mundo occidental. Por el solo hecho de haber ocurrido, por la trascendencia exterior de lo que sucedió en Francia, los pueblos europeos aprendieron de repente que su condición de súbditos de la Realeza no era una imposición divina. Y abismados ante la maravillosa, pero inquietante, perspectiva de poder contemplarse como agentes de su propia historia, inauguraron el drama de la moderna libertad: seguir siendo súbditos de un Estado, monárquico o republicano, pudiendo ser conciudadanos libres.
La tragedia de la esclavitud comenzó cuando terminó la creencia de que era un estado natural de los pueblos bárbaros cautivados por los civilizados. El drama de la libertad termina cuando los súbditos se creen ciudadanos libres en una ciudad sin conciudadanos. Originalmente lo cívico no era la ciudadanía griega, sino la conciudadanía romana. ¿Quién osa pensar que bajo la Monarquía existe conciudadanía española?

Rome dijo...

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